Una adaptación de la fábula del autor Arturo Mariscal, la cual fue publicada en la revista Procampo y en Israel en la década de los 90s.

Foto: Redes
FÁBULA: La cuna del Tricornio
En Gundonovia, pequeña comunidad del Beni donde el río avanzaba ancho y silencioso, reflejando el cielo como un espejo infinito, y la neblina del amanecer se alzaba suave sobre las aguas como aliento tibio de la tierra, vivía don Segundo, hombre de voz grave y mirada dura, curtido por el sol y las crecientes. Tenía la piel tostada por años de sabanas abiertas y botas siempre cubiertas de polvo. Era respetado y temido; su palabra era ley entre peones y vecinos.
Había amado profundamente a Zenovia, su esposa, una mujer de carácter dulce pero voluntad firme, cuyos cabellos negros caían como cascada sobre sus hombros. Decían que tenía la risa más clara de Gundonovia y que su presencia calmaba hasta al toro más bravo. Su muerte dejó en la casa un silencio permanente, como si el viento hubiera decidido no volver a entrar.
La hija de ambos heredó esa luz. Su nombre se murmuraba con admiración en el pueblo. Tenía los ojos grandes y oscuros como la profundidad del río Mamoré, y la piel luminosa que parecía reflejar la luna. Caminaba con una serenidad que imponía respeto, pero en su interior habitaba una fuerza silenciosa, forjada en la ausencia de su madre y en la severidad amorosa de su padre. Era bella, sí, pero su belleza no era frágil: era firme como el tajibo en flor.
Un atardecer llegó el barco.
La embarcación, larga y baja, cortó las aguas marrones del río hasta detenerse frente a la propiedad de don Segundo. De ella descendió un brasilero alto, de bigote fino y sombrero blanco. Sus ojos eran claros y calculadores; su sonrisa, sutil, casi enigmática. Vestía camisa de lino y botas lustrosas que contrastaban con el barro del puerto improvisado.
Buscaba cueros de lagarto y de tigre, hablaba con acento suave y palabras medidas. No era un simple comerciante: irradiaba seguridad, como quien sabe que trae algo más valioso que el oro.
Aquella noche, tras convencer a don Segundo de organizar una brigada de caza, se internaron en el monte. El grupo estaba compuesto por peones leales: hombres de hombros anchos, manos agrietadas y machetes relucientes. Entre ellos se respiraba tensión y curiosidad.
Al caer la noche, el brasilero encendió una fogata. Las llamas iluminaron los troncos y proyectaron sombras alargadas sobre los rostros. Entonces, con un gesto lento y ceremonioso, hizo una señal.
De la oscuridad emergió una figura que parecía esculpida en plata líquida.
El toro era imponente. Su pelaje brillaba con un resplandor casi sobrenatural; cada músculo bajo su piel se movía con armonía perfecta. Sus cuernos eran largos, simétricos, pulidos como marfil. Pero eran sus ojos los que inquietaban: profundos, inteligentes, como si comprendiera cada palabra humana.
—Se llama FORTUNA —dijo el brasilero—. Viene de la India, tierra donde los animales son sagrados y la riqueza camina en cuatro patas.
Don Segundo sintió algo que no conocía: ambición mezclada con reverencia. Veía en ese animal no solo poder, sino destino.
Ofreció dinero. Luego tierras. Después, en un arrebato, incluso las joyas de Zenovia, guardadas como reliquia.
El brasilero negó con calma.
—Solo puede quedarse en familia.
El silencio fue pesado. Don Segundo comprendió. El extranjero deseaba a su hija.
El orgullo del padre se inflamó. Nadie negociaba así con su sangre. Pero también veía en el toro la promesa de un legado eterno. Tras días de reflexión y noches sin sueño, accedió.
El matrimonio se celebró sin gran fiesta, pero con solemnidad. La hija partió con dignidad, sin lágrimas visibles, aunque en su interior el río se desbordaba.
Antes de marcharse, el brasilero dejó la advertencia:
—Mientras FORTUNA no se reproduzca con ninguna vaca, la prosperidad será infinita. Si rompe esa ley, lo sagrado se tornará maldición.
Durante años, la hacienda vivió una edad dorada. Los potreros se multiplicaron. El ganado creció fuerte y sano. Las lluvias llegaban justas, ni más ni menos. Don Segundo envejecía con satisfacción, convencido de haber hecho lo correcto.
FORTUNA permanecía aislado en un corral especial, tratado con respeto casi religioso. Nadie se atrevía a acercarse demasiado.
Pero una noche de tormenta, cuando el cielo rugía como jaguar herido, los rayos partieron un cerco. El toro plateado escapó.
El amanecer reveló el desastre.
Una vaca había sido montada.
La gestación fue motivo de murmullos y miedo. Don Segundo vigilaba con el ceño fruncido, como si pudiera impedir lo inevitable con la sola mirada.
El día del parto, el cielo estaba gris.
El ternero nació fuerte… pero diferente.
Tenía tres cuernos perfectamente formados: dos a los lados y uno central que se elevaba como una lanza hacia el cielo. Su mirada no era inocente; era penetrante, casi desafiante.
El Tricornio.
Desde ese instante, la desgracia comenzó. El ganado enfermó con dolencias desconocidas. Las aguas del río arrasaron cercas. Sequías inesperadas cuartearon la tierra. Los negocios fallaron. La fortuna se evaporó como bruma al sol.
Don Segundo, ya encorvado por los años y la culpa, buscó a un brujo de las riberas. El hombre, cubierto de collares de semillas y huesos pequeños, invocó espíritus antiguos y quemó resinas aromáticas. Sus ojos se pusieron en blanco mientras murmuraba palabras en lengua olvidada.
Pero cuando terminó, solo dijo:
—Lo que nace de lo sagrado no puede deshacerse. El equilibrio fue roto.
El Tricornio creció poderoso y solitario. Algunos decían que no era un castigo, sino un recordatorio: la riqueza obtenida sin comprender su esencia termina por volverse contra quien la posee.
Y aún hoy, cuando la luna llena ilumina las pampas del Beni, hay quienes aseguran ver tres cuernos recortados contra el horizonte… y un destello plateado que los acompaña.
Como si Fortuna y su herencia todavía vigilaran Gundonovia.
DATOS HISTÓRICOS
En el corazón de la selva beniana, donde el río Isiboro serpentea a través de la comunidad de Gundonovia, se encontraba la propiedad «El Triunfo» de don Domingo Calvimonte y su esposa, doña Lola Cruz. Era un lugar de una belleza natural impresionante, donde la fauna y la flora se entrelazaban en un abrazo eterno.
En 1987, el Dr. Roberto Aguilera, un veterinario apasionado y curioso, visitó la propiedad en representación del Fondo Ganadero. Su misión era evaluar la salud del ganado y ofrecer consejos a los productores locales. Fue entonces cuando vio algo que le llamó la atención: un ternero con un tercer cuerno que le estaba creciendo en la frente.
El Dr. Aguilera se acercó al ternero con asombro, y don Domingo le contó que el animal había nacido con esa peculiaridad. El Dr. Leandro Rocha, un colega del Dr. Aguilera, había informado sobre el caso, y juntos decidieron que el ternero debía ser estudiado y expuesto.
El Fondo Ganadero decidió cambiar el ternero por otro, y fue marcado por el Dr. Leandro Ortiz. El Dr. Aguilera le aplicó su primera vacuna, y así comenzó la historia de «El Tricornio de Moxos», como lo bautizaron en honor a la región de donde provenía.
Por instrucción del Cap. Rodolfo Bruckner, el ternero fue llevado a la FEXPOBENI para ser expuesto al público. La gente se maravillaba ante la rareza del animal, y pronto se convirtió en una atracción local. El Dr. Miguelito Melgar, un criador de ganado, se enamoró del ternero y lo adquirió para seguir exponiéndolo en ferias y eventos.
Años después, la Universidad Autónoma del Beni (UAB) compró el ternero y continuó exponiéndolo en sus instalaciones. Cuando el animal murió de forma natural, la UAB decidió conservar sus restos óseos como una pieza de museo, y así, «El Tricornio de Moxos» sigue siendo una atracción en la universidad, recordando la historia de un animal único y fascinante que una vez recorrió las praderas de Gundonovia.
La historia de «El Tricornio de Moxos» es un ejemplo de cómo la naturaleza puede sorprendernos con sus maravillas, y cómo la pasión y la curiosidad de los seres humanos pueden llevarnos a descubrir y preservar la belleza del mundo que nos rodea.